BIENVENIDOS

Dicen que nuestros hijos son nuestra viva imagen. A través de ellos nos miramos a nosotros mismos y sobre ellos proyectamos nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ilusiones y sueños. Los convertimos, sin darnos cuenta, en nuestro reflejo, como si mirásemos un espejo que siempre nos devuelve la misma imagen: la nuestra, con nuestros valores, nuestras creencias, nuestros sentimientos, nuestra forma de ver el mundo.

¿Qué sucedería si dejásemos de hacerlo? ¿Si dejásemos de mirarnos a nosotros mismos para verlos a ellos, los hijos e hijas que hemos traído al mundo? ¿Qué sucedería si hiciéramos un esfuerzo por comprender su realidad, sus afectos, su alegría y su dolor y lo hiciéramos desde ellos, no desde nosotros?

¿Qué ocurre cuando una madre y un padre atraviesan el espejo?
Os invito a comprobarlo a través de la lectura de estos textos, reflexiones y algunos cuentos.

domingo 1 de noviembre de 2009

Llanto, agresión, comunicación.



Comunicarse es hacer partícipe al otro de lo que nos pasa. Hacer partícipe significa hacer que el otro “tome parte” , que no le deje indiferente, que se entere, que opine, que le conmueva, que haga algo al respecto. Comunicación es contacto. La comunicación que no consigue que el otro participe, es una comunicación que fracasa: se queda en la categoría de información.

Durante la infancia, cuando el ser humano depende tanto de la participación de un otro en su vida (de sus padres, concretamente), podemos llegar a imaginar que los mecanismos de comunicación son bastante sofisticados… y cambiantes, porque crecen con el niño y (con suerte) con los padres.

Como ocurre con tantas y tantas cosas relativas a la vida de las familias, la comunicación también es una acción que forma parte de una dinámica. Así, la comunicación es algo vivo, que vibra, se transforma, se adapta y moldea dependiendo de la interacción de sus “participantes”.

Si pensamos que el lenguaje es aquello que el niño adquiere alrededor de los años estamos terriblemente equivocados. El niño habla desde antes de nacer, porque lenguajes hay tantos como formas de comunicarle al otro quiénes somos, lo que somos, cómo estamos.

Si el ser humano no poseyera la capacidad de comunicarse en el momento del nacimiento, estaría abocado a la muerte puesto que sería incapaz de hacer participar a nadie de su existencia. Pero afortunadamente, el bebé que nace viene preparado para hacer saber a sus progenitores (sobre todo a la madre) infinidad de cosas mediante sonidos, movimientos, tensión corporal, ritmos fisiológicos (se podría decir que un bebé habla con el cuerpo entero) y, por supuesto, el llanto.

De todos los anteriores es el llanto el más potente comunicador que el recién nacido posee y, dado que de él obtiene la mayor parte de respuestas, lo normal es que quede establecido con “El Lenguaje” del recién nacido y del bebé, con mayúsculas.

Pero no menos importante es el “Lenguaje Cuerpo”, puesto que sensaciones como “hambre” “frío” “pis” o “caca”, que en recién nacido provocan malestar y por lo tanto llanto, muchas veces son utilizadas por el niño más mayor como herramientas de comunicación en toda regla, como palabras clave a través de las cuales realmente tenemos acceso a necesidades más profundas y todavía difícilmente nombrables por el niño.

La transición del “lenguaje llanto” al “lenguaje palabras” representa para el niño y para sus padres un reto complicado pues, los padres, acostumbrados a tolerar y contener el llanto del pequeño, muchas veces ignoran que pueden mostrarle a su hijo que “hay otras formas de comunicarse” . Obviamente esta transición sólo puede ser hecha cuando realmente el pequeño comienza a tener a su disposición cierta capacidad de comunicar su mundo con palabras; el miedo de todos desaparece cuando descubrimos que la palabra comunica de manera mucho más eficaz que el llanto.

Lo mismo sucede con la agresión que, junto con el llanto, es otro potente comunicador . Para conseguir lo que uno quiere, para mostrar el enfado, para estar por encima del otro, para establecer “contacto” corporal de forma masiva.. para comunicar todo aquello que al niño le supera, más allá del pobre control de sus impulsos, el pequeño cuenta con manos, pies y dientes. Durante mucho tiempo, la agresión es la única forma que el pequeño tiene de comunicar su malestar (a grandes rasgos), pues el control de los impulsos es complicado y a veces se hace esperar más de lo necesario.

El niño que agrede sin duda lo hace porque siente que ése es el “lenguaje” en el que mejor puede expresar determinados sentimientos. Sin embargo, las agresiones invaden y violan la intimidad física y emocional del que las recibe y, por tanto, parece bastante razonable ponerles límite y no dar cabida a un tipo de vínculo en el que el propio deseo se impone al del otro gracias al poder que da la violencia.
Y así como jamás debemos someter a un niño mediante la violencia, verbal o física.. tampoco debemos permitir que él lo haga con nosotros o con los demás. La violencia se da fácilmente la vuelta y es un camino de doble recorrido: si el niño crece ejerciendo su agresión hacia nosotros y nosotros lo toleramos, puede que el día de mañana sea él el adolescente o adulto incapaz de decir “basta” a una agresión: es lo que habremos enseñado.

Pero la no tolerancia no significa para nada más violencia: es fundamental proporcionarle al niño otras vías para expresar lo que le pasa, ayudarle a madurar otros códigos que nos hablen de sí mismo e inaugurar juntos nuevas formas de decirnos las cosas o expresar los peores sentimientos, que por cierto cuentan con todo el derecho del mundo para estar ahí (“puedes sentir lo que sientes, tienes todo el derecho, pero no puedes expresarlo pegando”)
Y otras muchas veces no es tan importante señalarle formas alternativas a la agresión (que también) como el trabajo en paralelo que podemos hacer disfrutando juntos del lenguaje, del gesto (la caricia, el abrazo) sin dejar de aprovechar para enseñarle al niño que las acciones positivas generan una “reacción en cadena positiva” mientras que con las agresiones sucede lo contrario.
Si la relación del pequeño con los demás está demasiado “polarizada” en negativo, parece imperativo ayudarle a equilibrar sus acciones mediante la constatación y el señalamiento paterno de que él también puede cuidar a los demás, ser generoso, noble y terriblemente cariñoso. Y créanme: si nos ponemos a ello, pillaremos al “pegón” siendo todas estas otras cosas en un solo día. Sólo es cuestión de darles más valor que a la agresión y hacerlas formar parte del vocabulario que empleamos para describir a nuestro hijo.

El desarrollo es, en parte, una evolución de la comunicación. Pocas veces tenemos en cuenta que el niño desde que nace hasta que es adulto y más allá, tendrá que ir descubriendo e inaugurando formas de comunicarse que se adapten a su momento evolutivo. Lo que valía cuando era recién nacido, ya no vale con dos años y lo que valía con dos no vale con tres ni con cuatro.
Cuesta mucho trabajo desprenderse de aquellos recursos que tanto nos han dado, que nos han sido tan útiles para “hablarnos” entre nosotros, conocernos, comprendernos y atendernos. Y digo “nos” porque no sólo le cuestra trabajo al niño, sino también a los padres que a menudo sienten que “traicionan” algo muy profundo cuando le muestran al pequeño un nuevo código y, en cierto sentido, inauguran un nuevo libro con las páginas en blanco para todos. Ser padres consiste en escribirlo juntos.

Violeta Alcocer.
Ilustración: Eva Vazquez.

miércoles 28 de octubre de 2009

¿Por qué el bebé necesita contacto?



Mucho se habla del vínculo y su relación con el contacto, pero no todo el mundo llega a comprender lo que representa para un recién nacido o el niño de meses el contacto directo y constante con su familia (madre, padre, hermanos).

El bebé que nace no tiene a su disposición la capacidad cognitiva que tiene el niño que ya simboliza. Es decir, el bebé que nace y durante un tiempo variable no cuenta con “objetos internos”, que vendrían a ser algo así como representaciones interiores de las bondades de los que estamos fuera.

Así, el niño de aproximadamente tres años en adelante ya es capaz de “sentir” a su madre aunque esta no esté cerca, pensar en ella, incluso figurar lo que ésta le diría en una situación dada: la ha incorporado, ha interiorizado el vínculo y gracias a esa interiorización puede permanecer emocionalmente sólido en su ausencia. Puede crecer.

Pero el bebé no cuenta con estas representaciones porque todavía no ha podido incorporar su relación con los demás y la única forma de sentir el “contacto” es tenerlo y mantenerlo de la forma más concreta posible. No tiene capacidad de evocar, no tiene capacidad de retener, salvo pequeñas gotas de las grandes dosis de amor y contacto que se le deberían dar a diario.

Cuando un bebé o un niño permanecen solos, en la cuna, en el carro, en la habitación.. no están en contacto con nadie salvo consigo mismos y las pocas representaciones internas que hayan podido generar hasta la fecha.

Pensemos detenidamente en este hecho porque hay que hacer un esfuerzo para comprender la realidad del bebé, tan distinta de la nuestra.
Un niño mayor o un adulto tumbados en una cama pensamos en lo que hicimos durante el día, nos acordamos de nuestro amigo o nuestros seres queridos, evocamos una comida que nos apetece, tarareamos una canción o nos decimos a nosotros mismos que en seguida llegará aquel a quien amamos.
Un bebé o un niño pequeño tumbados en una cama o cuna, sólo puede mirar allá donde alcanza su campo visual y tener sensaciones (sensoriales fundamentalmente) en forma de agrado o desagrado.
Por lo general el instinto juega aquí un papel fundamental, desde el momento en que pone al niño en la necesidad imperiosa de permanecer cerca de sus figuras de apego (son de apego porque son las figuras de las cuales el niño obtiene el mayor número de representaciones de sosiego, contención, criterios de realidad, etc..).
El instinto suele movilizar todos los recursos del bebé y del niño para obtener aquello que necesita para poder madurar en condiciones: contacto, relación con otro, alimento y vínculo.. pero lo hace a través de una comunicación "fisiológica", es decir, lo hace a través de sensaciones de agrado o desagrado que harán que el bebé esté tranquilo o se queje de alguna manera.
Así, las sensaciones de desagrado son casi siempre referidas a “estómago vacío” (que traducido sería algo así como “necesidad de estar cerca de la teta de mamá”), “frío” (que traducido es “necesidad de calor humano a ser posible”), “quietud” (que es “necesidad de ser movido, acunado, levantado, abrazado, acariciado”), etc. Sensaciones básicas desagradables que, en realidad, significan a un nivel profundo mucho más de lo que puedan parecer a simple vista: porque todas ellas son necesidades a priori fisiológicas, pero que le aseguran al niño el contacto, es decir entrar en relación con otro.
(Muchos niños mayores suelen utilizar todavía este lenguaje del bebé recién nacido cuando a través de quejas “fisiológicas” –agua, pis, hambre, etc..- están mostrando necesidades más profundas).

Es cierto que un niño puede permanecer solo y tranquilo si su temperamento es calmado y nada le incomoda especialmente, o si el clima general es de contención y abrigo, pero también puede permanecer solo y tranquilo si sus intentos previos por permanecer en contacto han fracasado y el pequeño permanece “desvinculado”, es decir sin una relación que echar de menos.

Por eso, suele preocupar más un niño que no demanda nada que aquel que sí lo hace. El que demanda tiene claro lo que necesita y eso significa que ya hay existe en él la huella del contacto profundo, que está en relación con otro al que necesita, es decir que cuenta con una o varias figuras de apego que le proporcionan un vínculo desde el cual hacerse a sí mismo.

Supongo que merece la pena reflexionar sobre estos hechos y, sobre todo, admirarse de la capacidad del bebé humano para, con sus aparentemente limitados recursos, asegurarse de una forma tan sofisticada el mayor alimento de la especie humana: el amor.

Violeta Alcocer.
Fotografía: Junco Natsumi

sábado 19 de septiembre de 2009

Los niños y el sexo.



Al llegar a cierta edad (o en algunos casos motivado por un embarazo de mamá o algo que vieron en la tele y les impresionó) los niños sienten una curiosidad natural por conocer su cuerpo y sus funciones, apropiárselo y reconocerlo. Hablamos de niños de cuatro/cinco años.
Y es que el cuerpo genera muchas dudas: las diferencias anatómicas entre él y otros niños y niñas, el cuerpo de papá y mamá, los tamaños de los genitales, su aspecto y sus funciones.... son asuntos que suscitan un gran interés en los pequeños.
Y aunque parezca que a esta edad ya saben mucho, en materia de sexo todavía tienen lagunas: " Todavía recuerdo -confiesa Juan Antonio, un papá de 34 años- que en el colegio estuvimos meses sin hablar a un compañero de clase porque un día se le ocurrió comunicarnos que las niñas no tenían pene: todos los demás pensamos unánimemente que era un mentiroso!!" .

El sexo es un tema delicado para los padres. Muchos se sienten incómodos hablando "esos" temas, mientras que otros no sáben dónde poner los límites de la información que se da al pequeño... y acaban dándo más información de la que el niño comprende.
En ocasiones el colegio asume la tarea de proporcionar a los pequeños una buena educación sexual, pero la labor que pueden hacer los padres en este terreno es realmente importante.

La educación sexual que se proporciona al niño influye en la forma en se aceptará a sí mismo el día de mañana, como hombre o como mujer heterosexual u homosexual, en la forma de aceptar y cuidar de su cuerpo, en el trato con el otro género y el propio y en la responsabilidad con la que se asumirán las relaciones sexuales y de procreación.

Ante sus preguntas, hay que comprender:

-Cuál es la inquietud del niño (la de verdad): No hay fórmulas mágicas, pero el primer paso para educar a los niños en temas de sexo es escuchar atentamente sus preguntas y adivinar sus inquietudes... y leer entre líneas, pues muchas veces no preguntan de forma directa, sino que aluden a temas "paralelos" : por qué los perritos se huelen entre ellos, por qué las mujeres llevan ropa diferente de los hombres...

-De dónde vienen sus dudas: Los niños son juguetones y curiosos, pero eso es todo. La curiosidad infantil poco o nada tiene que ver con la picardía de los adultos: no seamos malpensados. Sus dudas normalmente responden a informacion que proviene de su entorno (el embarazo de mamá, charlas con otros niños, películas que ve, comentarios que escucha..).

-Hasta dónde desea saber: ayudándole a delimitar y formular bien sus dudas. Por ejemplo: "Quieres saber por qué esa chica y ese chico van juntos de la mano y se besan... lo que quieres saber es qué significa ser novios" más adelante averiguaremos si su interés va más allá (si desea saber cuándo se puede ser novio de alguien, si puede haber novios del mismo sexo, la diferencia entre novios y matrimonio...etc).

-La etapa en la que se encuentra: tratando de escuchar al niño desde su punto de vista (su edad, sus inquietudes, sus experiencias, cómo suele reaccionar ante determinados temas..) y no desde el punto de vista del adulto.

A la hora de responder, tener en cuenta:

- Cómo abordar el tema: Enfrentarnos a sus preguntas con serenidad y afecto es un punto clave: si el niño percibe silencios y evasiones, sentirá que está planteando asuntos malos de los que no se debe hablar y crecerá con una idea distorsionada sobre hechos que son naturales.
Ah! y antes de eludir una pregunta incómoda, es preferible hablar abiertamente: "No estoy segura de que poder explicarte ahora qué es hacer el amor, de modo que te pondré un ejemplo parecido que puedas entender... y más adelante te contaré más cosas."

- Cuánta información darle (o hasta dónde llegar en nuestras explicaciones): hay que tener en cuenta la madurez del pequeño y cuánta información posee ya. Si es de los que anda un poco perdido en estos temas o todavía va un poco de "bebé" por la vida... seamos prudentes. Es mejor quedarnos cortos y que nos vuelva a preguntar que dejar al crío preocupado en temas que no alcanza a comprender.

- Qué lenguaje utilizar: el lenguaje de los propios niños es el más adecuado para explicarles cualquier cosa, pero también debemos llamar a las cosas por su nombre (pene, vagina, ano) cuando el niño pregunta. Sin embargo, para el día a día podemos adoptar un lenguaje más coloquial , por ejemplo "por dentro de la cola va un tubito por donde pasa el pis que luego sale" o "el culito de detrás lo tenemos igual todos, pero el de delante es distinto para chicos y chicas".

- Ser siempre sinceros: hablar con sinceridad significa hablar en confianza, despejando temores y resolviendo dudas... pero siempre respetando la capacidad del niño para entender nuestro mensaje (no hace falta que nos extendamos en detalles).

- Quién ha de hacerlo: los pequeños suelen elegir a quién preguntan qué, pero tanto papá como mamá pueden ser excelentes profesores y servir de guía al pequeño curioso. Ahora bien, si uno de los dos padres se siente incómodo explicando, lo mejor es que sea el otro quién aborde la situación con naturalidad.

- Los libros ayudan: si pese a todo, nos resulta sumamente incómodo hablar de sexo con el pequeño o simplemente nos toca un tema demasiado espinoso... podemos echar mano de algunos de los excelentes libros educativos que hay en el mercado.

Las 5 cuestiones estrella:

1-Diferencias anatómicas: Las diferencias entre niños y adultos. los pelos, el tamaño de las cosas, quién tiene qué... hay que darle información suficiente pero con tacto (si nos podemos ayudar de ilustraciones de libros, mejor), no olvidemos que los pequeños son impresionables y no es necesario que conozcan todos los detalles (sobre todo de la sexualidad adulta).

2- Niños y bebés: el embarazo de mamá genera todo un mar de dudas: ¿por donde entran y por dónde salen los bebés? (muchos críos creen que los niños entran por la boca de mamá) ¿puedo tener yo uno? ¿puede papá? ¿por dónde sale? ¿duele? ... cuando llegan estas preguntas, olvidemos el cuento de la cigüeña y contémosle con naturalidad que los papás ponen una semilla en la tripa de las mamás a través de la vagina y que los bebés van creciendo dentro y luego salen por el mismo sitio por donde entraron. Para el niño es mucho más bonito saber que su mamá lo ha tenido dentro de sí que pensar que fue encontrado debajo de una flor.

3-Privacidad e intimidad: la desnudez, los límites propios y los límites ajenos, son también temas que también les llaman poderosamente la atención y que desde luego nos preocupan a los padres. Algunas niñas piensan que pueden quedar embarazadas con un beso.. otros simplemente no tienen claro dónde están los límites entre lo privado y lo público y se dedican a "mostrar" a los demás sus descubrimientos. El momento del baño (o el de ponerse el pijama o vestirse por la mañana) es perfecto para explicarle al pequeño cómo es su cuerpo y qué partes son íntimas y cuáles no. El mensaje es sencillo: tus partes íntimas son delicadas, puedes jugar con ellas, pero nadie que tu no quieras puede verlas ni tocarlas.
A esta edad ya podemos proponerle al pequeño que se lave sus propios genitales después de haberles enjabonado nosotros el resto ("ahora te lavas tu solo con la esponja el culito") ... le ayudaremos a tomar conciencia de que algunas partes de su cuerpo son más intimas que otras.

4-Masturbación: Antes o después los críos descubren que tocarse les da un gran gustirrinin. No nos extrañemos si algún día les pillemos "con las manos en la masa", inspeccionándose o jugando a médicos con su compi de clase o con su hermano. La masturbación y el juego sexual entre niños es algo normal y sano ,de modo que si esto ocurre, hay que hablar con ellos serenamente, resolver sus dudas y explicarles que los órganos genitales son delicados, que si tocan a otro niño sin tener cuidado pueden incomodarle, que mejor lo hagan en la intimidad (no delante de toda la familia en el salón) y que, por supuesto, ningún adulto debe proponerles nunca jugar con ellos. Sin embargo, también hay que dejar claro que jugar con el propio sexo es algo sano y que ni enfermarán ni harán daño a nadie con ello.

5-Papá y mamá: El amor entre los padres y la relación entre ellos es el punto de referencia primordial para el pequeño curioso. Para los niños, normalmente el "estar casados", como papá y mamá, no implica tanto las relaciones eróticas como el hecho de no ocultarse algunas partes de su cuerpo, dormir juntos, darse besos y llamarse "cariño", "mi amor" o cosas por el estilo. Y en realidad, en esto los peques no se equivocan: debemos enseñarles que lo más importante del sexo es la relación de cariño, afecto y cuidado mutuo entre personas que se quieren.

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright)
Ilustración: Cozy Tomato (Koji Tomoto)